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Yo soñaba con cambiar el mundo. Supuse que, como tanto decían en mi entorno, si quieres que el mundo cambie, debes cambiar tú. Empecé a cambiar, como es natural, por la adolescencia y para enfrentar ciertas situaciones que requerían un cambio en mí.
En un momento dado, sentí que ya había forjado los principios de mi moral autónoma y de mi pensamiento. Supuse que ya no había mucho más que cambiar, que me estaba yendo bien, así que para qué seguir cambiando.
Y así, pues, caí en la rutina. El mundo universitario absorbió mis sueños, algunas amistades me llevaron a vicios con juegos de red, estudiaba mucho a veces y nunca conseguía los resultados esperados. Ya estaba olvidándome de mi yo del pasado que soñaba con un mejor futuro.
Era quien quise ser, pero dejé de buscar al yo del futuro que hubiese querido ser mi yo del pasado.
Hacía ejercicio de vez en cuando, pero ya no me proponía LAS METAS. A veces hasta me despertaba fastidiado, pues el estrés de la universidad a veces me hacía pensar que un día más solo era eso, un fastidio más, cuando es mucho más que eso.
El soñador se encontraba en su letargo, ya no soñaba, ahora solo dormía, y dejaba que la vida lo lleve.
Hasta que llegó aquel día. Alguien me hizo recordar el verano de mi vida, mi mejor momento. Alguien, a pesar de solo aparecer un mes en mi vida y luego irse, repentinamente, me despertó de mi eterno letargo.
¿Dónde has estado? - dijo una voz interior. "Sí que he estado vagando" - respondí.
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Es que, con el estrés, y la soledad, uno se TIENE que forjar independiente. Y, por ello, cada día se volvía una lucha para mí, una lucha para demostrarme que sí puedo vencer esos retos, pero una lucha donde el guerrero pelea por el momento, pero sin ver a futuro.
¿Y qué hay después de la lucha? No lo sabía. Yo solo seguía luchando, seguía esforzándome para salir adelante de ese momento. No solo era la universidad, eran situaciones de la vida que se presentan y aplacan tu alegría. Yo, más que nunca, de niño tuve a mi familia conmigo. Tras la adolescencia ya nos distanciamos mucho, y en esa época crítica tuve que enfrentarme a muchas cosas solo, así que me forjé emotivamente independiente.
Es por eso que, cuando estaba triste, nadie lo sabía hasta que yo lo decía, y yo casi nunca lo decía. No quería preocupar a nadie, y menos que sintieran lástima por mí. Cuando estaba molesto, me alejaba de mis amistades, para no lastimarlos tanto.
Cuando estaba estresado, hacía ejercicio un rato, me relajaba, pero siempre era yo quien definía mi solución y nunca buscaba apoyo.
Pues soy un guerrero que luchaba contra el día, pero no contra el futuro.
Luchaba y luchaba, pero entonces, llegó la revelación, la pregunta.
¿Quieres luchar, o quieres cambiar?
Ya estaba cansado de pelear. Decidí cambiar.
¿Cambiar? ¿Cómo es eso?
Es variar. Es arriesgarte a caer en el error, pero siempre con buenas intenciones. Es buscar ser mejor persona día a día, esforzarte en lo que haces. También implica luchar, pero no es una lucha que te agota, sino una donde, efectivamente, disfrutas el momento. Las cosas malas que te puedan pasar no las ves con tanto pesar, o con tanta cólera. No hay mal que por bien no venga.
Cambiar es atreverte a salirte del camino más seguro, e irte por el más peligroso, pero, por ello, el más aventurero: tu camino.
Yo he forjado quien soy hoy día a través de gotas de sudor, a través de amanecidas, a través de dolor y de sonrisas. Yo soy quien quise ser, pero aún falta para ser quien quiero ser.
Yo quiero ser alguien que vea este día y se pregunte ¿cómo lo logré? ¿de dónde saqué las fuerzas?
Creo que mi gran cambio sucedió a los 14 años, cuando, a la fuerza, fui un niño que abrió los ojos ante un mundo más frío. Cuando me enfrenté a situaciones familiares difíciles. Cuando las malas amistades me hundían en mis pesares. Cuando nadie me preguntaba ¿qué te sucede? ¿por qué estás así?, y, simplemente, me juzgaban de malo.
Cuando me quedé solo encontré quien quise ser y decidí cambiar.
Cuando cambié por primera vez decidí luchar.
Y cuando me encontraba en el clímax de la batalla, un ángel me preguntó: ¿y ahora qué harás?
No lo sé. El sentido de mi vida era el momento, no pude ver más allá.
Aún no es tarde, y tienes la respuesta a qué hacer. Aquello que impulsó tu lucha. Recuerda la decisión que tomaste.
Yo cambiaré. Cambiaré, buscaré la perfección. Nunca la alcanzaré, lo sé, pero estar más cerca de lo que estoy ahora, me llevará lejos. Sentiré que he avanzado en el camino de la vida.
Sí, cambiaré. Me atreveré a ver el mañana con otros ojos, me atreveré a salir del camino común, forjaré mi propio camino con base en mis sueños. Un camino que vaya más allá de la tierra, del mar y del cielo. Un camino que me lleve a otra dimensión. Soy raro, lo sé. Mis mejores lecciones las tuve a partir de mis peores errores y fracasos.
Soy la clara contradicción de este mundo, y así me quieren mis amigos.
Yo seguiré cambiando, y esa es mi resolución, es mi decisión.
Seré quien quiero ser, así como logré ser quien quise ser.
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