Tuvieron dos hijos y emigraron al Perú. Los hijos fueron creciendo y aprovechando su infancia al máximo, viajaban cada vez que podían. Los niños conocieron medio Perú antes de empezar el colegio, y aun en los primeros años de colegio, hubo fines de semana en que ni bien llegaban las 3:30 p.m. el día viernes, les esperaban sus padres afuera del colegio con las maletas hechas para viajar.
Sucede que un día llegó la codicia al hogar. Resulta que lo que el hombre ganaba estaba bien pero él quería más. Así que decidió trabajar de forma independiente, lo cual lo envolvió en situaciones más estresantes y, debido a la distancia a la que trabajaba de casa, a unos 600 km., se empezó a romper el contacto marido-mujer y padre -hijos. El hombre llegaba a su casa y se hacía extrañar, pero una vez allí decidía seguir trabajando sea a través del teléfono o en su estudio. Entonces, el hombre tenía que volver a su lugar de trabajo, se iba y cada vez la ausencia se sentía menos en casa.
Sucede que el hombre perdió la cortesía con su esposa e intentaba ocultarlo a sus hijos. Sin embargo, un día llegaron sus hijos y encontraron a su madre llorando en la sala de su casa; frente a ella se podía contemplar un escenario de vidrio desquebrajado en todos lados, producto del cruel impacto del cuadro de la boda contra la mesa de la sala. Los niños se dieron cuenta de que algo raro pasaba entre sus padres. Al cabo de una hora, llegó el hombre a su casa. Saludó feliz a sus hijos, y estos se quedaron pasmados. Después de atentar de semejante forma contra su madre, no podía volver como si nada hubiese pasado. No era normal. No estaba bien.
Y así, luego llegó la desconfianza. Conforme el hombre ganaba más dinero, confiaba menos en su familia y decidió aislar el ámbito económico para él solo. No tendría que rendir cuentas a nadie ni comunicar nada. Solo comunicaba quejas. Un día, la señora descubrió que el hombre había recibido numerosas gratificaciones en el trabajo. A ella no le dolió eso, sino que el hombre nunca se lo dijo. Le contaba todas las quejas del trabajo, pero nunca le contaba las alegrías. La mujer se dio cuenta de que ya no había confianza.
Entonces, llegó el dolor. Pelea tras pelea generó dolor en ambas partes. Sumado al orgullo y a las familias que deseaban la separación de dicha pareja que alguna vez fue increíblemente feliz, el dolor y la tristeza se transformaron. Mutaron.
En la señora, se volvió miedo. Miedo de lo que el señor podía hacer o decir. Miedo de su agresión. Terror a sus gritos desmesurados.
En el señor, se volvió odio. Odio y asco. Sentir que tenía que mantener gente, que sus familiares eran una carga para él.
Y luego, cada uno llegó a un clímax.
La señora tuvo un shock depresivo cuya peor fase duró una semana.
El hombre llegó a odiarla tanto que le habló pestes de ella a sus hijos. También decidió entablar una nueva relación con un familiar de los niños, que ya no eran niños y quienes se daban cuenta de que el fin de una unidad familiar "completa" estaba cerca.
_______________________________________________________
Y como esta hay muchas historias que se viven día a día en el Callao, en Lima, el Ayacucho, en el Perú, en Venezuela, en Japón y el mundo entero.
Historias donde las personas no valoran lo que tienen o deciden reemplazarlo con dinero. Muy tarde, se dan cuenta de que el dinero no compra la felicidad. Siendo tarde, pero guiados por el orgullo, luchan por creer que sí y cometen peores decisiones día a día.
______________________________________
No se trata de dinero. No se trata de bienes, de facilidades, etc. La vida se trata de buscar la felicidad, alcanzarla, sembrarla, cosecharla y morir con una sonrisa.
La vida se trata de ello.
Quiero ser feliz, y sé que estoy trazando mi camino como debe ser. Sé que debo ser paciente y sé que lo mejor aun no empieza.
Porque lo mejor siempre se hace esperar!
No hay comentarios:
Publicar un comentario