Corría el final de los 80s en Venezuela cuando trabajaban conmigo, como ayudantes, dos hermanos de condición muy humilde. Eran hijos de una pareja bastante vieja. La madre caminaba con mucha dificultad pues alguna dolencia le producía hinchazones en las piernas. El padre era casi un anciano y vivía a una cuadra de la casa de la mujer y los hijos, en una choza dentro de una descuidada parcela que ni siquiera tenía puertas. Me llamaba la atención el esmero con que los hijos cuidaban de sus padres, con los que curiosamente casi no hablaban. Cuando los iba a buscar a casa de la madre, a veces esta me decía que a lo mejor habrían pasado la noche con el padre. Cuando iba a buscarlos donde el padre, ocurría a veces lo contrario. Sorprendía que ambos chicos nunca estuvieran realmente preocupados por dinero, a pesar de sus limitadísimas condiciones de vida. Se les veía felices. Mi curiosidad me llevó a preguntarles, con el cuidado respectivo, cómo se sentían realmente, y siempre me respondieron que muy bien, que nada les faltaba.
Uno de ellos, Juan, era un moreno alto, de buen talante y trato, de carácter tranquilo. El otro era aún más callado que Juan.
Un día pasó un circo mejicano por la ciudad de Maracay, donde todos vivíamos. Juan consiguió un empleo lavando las jaulas de los animales que acompañaban al circo. Pasó el tiempo sin que yo necesitara de Juan o de su hermano hasta que volví un día a buscarlos a casa de su madre. La buena señora salió a recibirme y me dijo: “Juan se fue con el circo, dice que a Francia. Señor, dígame ¿dónde queda Francia?”
La buena señora, que seguro que no sabía leer ni escribir, me miraba fijamente, ansiosa de enterarse de algo de lo que no tenía ni la menor idea.
Queda bien lejos, señora, le dije. Al otro lado del mar, en Europa.
¿Así tan lejos que ya no pueda volver? Preguntó.
No, de ninguna manera, le dije. Así como se ha ido, seguro que pronto volverá, no se preocupe.
La mujer bajó la cabeza y se quedó un rato en silencio. Vi caer sus lágrimas en el pavimento de concreto rajado en la entrada de su casa. Estuvimos así un rato eterno, en silencio, sin saber qué decir. Le di una palmada en el brazo y le dije: tranquila, señora, ya verá con qué cara va a volver, luego de todo lo que irá a conocer.
Me retiré y pasaron varios meses, como un año. Un día pasé por curiosidad por su casa, buscando otro obrero que vivía cerca. Salieron a saludarme la señora y el moreno Juan sonriente, feliz y contento, vestido con buena ropa. Me contó que el dueño del circo “le había agarrado confianza” y lo había llevado, efectivamente, en una gira europea hasta países lejanos de los que ya no recordaba sus nombres. Había vuelto hacía poco, aprovechando otra gira del circo por Venezuela y había decidido ya no regresar con ellos sino quedarse en su casa. Lo subí a mi camioneta y nos fuimos a trabajar, mientras su madre nos miraba desde la puerta.
Pensar que en esos tiempos no había internet ni chat ni mails. Pensar que era tan difícil llamar a una persona con las limitaciones de su madre. Comparto este recuerdo que reforzó mis conceptos de familia, cercanía, arraigo y felicidad.
Gonzalo
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