Cuando llegué a la habitación de los cristales rotos y los sueños perdidos, pude divisar un gran espejo al final del lugar. Recuerdo que, a medida en que me acercaba a él, se veía más lejano.
Entonces, en vez de ir hacia él, empecé a retroceder. El espejo se empezó a acercar a mí, y los cristales rotos se elevaron del suelo, rodeando mi ser, pero de una forma muy peculiar. Cuando miré al suelo, me encontraba en el medio de un círculo que circunscribía una estrella de 8 puntas. Se iluminó el suelo, la luz se reflejó en los cristales y una voz tan seria que parecía del mismo creador, susurró a mi oído.
"Ya viene. La tormenta nos llegará a todos. ¿Puedes enfrentar tus peores demonios?"
Los cristales, como derretidos por el calor de la luz que reflejaban, se convirtieron en un líquido de muchísimos colores, se juntaron todos los pedazos y formaron una entidad de muchos colores, pero con la forma humana.
El ser se acercó a mí y lo comprendí. Sentí un frío intenso que cubría un intenso ardor por dentro.
- Soy la razón. Por más que hayan sentimientos, soy el ser perfecto, el nuevo hombre. Soy tu evolución, nací de ti. Soy el pasado que no dejaste ir y el futuro que soñaste. Soy el Nuevo Hombre. - dijo.
- ¿Qué harás ahora? - pregunté.
- Acabaré contigo. No te necesito. Solo eras un recipiente para el siguiente paso, y aquí, donde todos olvidarán que alguna vez exististe, morirás.
Lo extraño de aquel día es que sentí que realmente yo debía morir para dar paso a la evolución de la humanidad. Me arrodillé, esperando que acabe con mi vida. El Nuevo Hombre cogió un fragmento de cristal, que correspondía al momento en mi vida en que decidí cambiar constantemente, y lo usó para acabar conmigo.
Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, recordé por qué vivía. No vivo por mí mismo. No podía morir. Vivía por aquellas personas que luchaban por la esperanza de restablecer el orden en nuestro mundo. Entonces, levanté la mirada y el Nuevo Hombre se detuvo.
- Veo fuego en tu interior. ¿Realmente deseas sufrir hasta el final? - preguntó.
- Solo deseo luchar hasta el final. No deseo abrazar el final de mi vida, sino alejarlo lo más posible, y seguir sembrando paz en este mundo. No deseo morir, pues valoro el regalo de la vida y es lo que me mantiene vivo. Vivo por el deseo de vivir. Es la paradoja que nunca se pudo resolver. Es la necesidad intrínseca de respirar una vez más.
El ser alzó sus brazos y me elevé en el aire. Sentí como si mi cuerpo se quisiera expandir, como si algo dentro de mí fuese a estallar. Solo luchaba por mantenerme en una pieza, cuando sentí que salía algo por mi nariz y por mi boca. Era el miedo, abandonando mi cuerpo.
- Te lo quitaré, para que puedas luchar con todas tus fuerzas. - dijo.
Atiné a coger esa sustancia viscosa y fría, y la regresé a mi interior.
- Es parte de lo que me caracteriza. Es la superación a nuestros miedos lo que nos da el coraje. Me lo quedaré. - respondí.
Trascendí al universo en ese instante, y aprendí a materializar los sentimientos. Sentí que debía luchar, y apareció una espada brillante y morada en mis manos. Sentí que debía ser fuerte, y una armadura celeste y brillante rodeó mi cuerpo. Sentí que no me debía rendir, y la adrenalina ocupó cada rincón de mis venas. El Nuevo Hombre se abalanzó contra mí, y siendo mi pasado y futuro, comprendí lo que debía hacer.
En ese salto, dejé ir la espada, me dejé atravesar por el cristal con el que quiso matarme antes, y lo abracé.
- Te perdono. - dije.
Finalmente, se desvaneció. El pasado que no pude dejar ir y los sueños futuros que nunca alcancé, dejaron de existir. Lo perdoné. Me perdoné a mí mismo. La habitación se iluminó, los cristales desaparecieron y se abrió una gran puerta hacia un lugar oscuro.
- Puedes continuar la prueba .- susurró una voz.
- Por más oscuro que sea el camino, sé que yo puedo llevar la luz en mi corazón.
Y así, continué mi camino a través del castillo de las almas perdidas en el olvido.
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